Mirando hacia atrás, deduzco que debió de haber en mí algo un poco superior al común de los jóvenes, de otro modo los hombres antes mencionados, mucho mayores que yo y de una posición académica más alta, nunca me habrían permitido relacionarme con ellos.
Ciertamente yo no era consciente de tal superioridad, y recuerdo que uno de mis amigos deportistas, Turner, al verme trabajar con mis escarabajos, dijo que algún día yo sería miembro de la Royal Society, y aquella idea me pareció absurda.
Durante mi último año en Cambridge, leí con atención y profundo interés la Narración personal de Humboldt. Esta obra, y la Introducción al estudio de la filosofía natural del Sir J. Herschel, despertaron en mí un ardiente fervor por aportar incluso la más humilde contribución al noble edificio de la Ciencia Natural. Ningún otro libro, ni una docena de ellos, me influenció ni de cerca tanto como estos dos. Copié de Humboldt largos pasajes sobre Tenerife y los leí en voz alta en una de las excursiones antes mencionadas a (creo) Henslow, Ramsay y Dawes, pues en una ocasión anterior había hablado de las grandezas de Tenerife, y algunos miembros del grupo declararon que intentarían ir allí; pero creo que solo hablaban medio en serio. Sin embargo, yo hablaba muy en