equivocarse al colocar las cápsulas en las bandejas incorrectas, etcétera, etcétera. Puedo recordar su aspecto mientras contaba las semillas bajo el microscopio simple con una agilidad que no suele caracterizar un trabajo mecánico como el de contar. Creo que personificaba cada semilla como un pequeño demonio que intentaba eludirlo metiéndose en el montón equivocado, o saltando por completo; y esto le otorgaba al trabajo la emoción de un juego.
Tenía una gran fe en los instrumentos, y no creo que se le ocurriera de forma natural dudar de la exactitud de una balanza o un vaso de medida, etc.
Se asombraba cuando descubríamos que uno de sus micrómetros difería del otro. No exigía una gran exactitud en la mayoría de sus mediciones, y no tenía buenas escalas; disponía de una vieja regla de tres pies, que era de propiedad común en la casa y que pedían prestada constantemente, porque era la única que se sabía con seguridad que estaría en su sitio —a menos que, en efecto, el último en tomarla se hubiera olvidado de devolverla—.
Para medir la altura de las plantas tenía una vara de pino de siete pies, graduada por el carpintero del pueblo. Últimamente le dio por utilizar escalas de papel graduadas en milímetros. Para los objetos pequeños usaba un compás y un transportador de marfil.
Era propio de él poner un esmero escrupuloso al hacer mediciones con sus escalas un tanto burdas. Un ejemplo insignificante de su fe en la autoridad es que tomó su «pulgada en función de los milímetros» de un libro viejo, en el cual resultaba estar dada de forma inexacta.
Tenía una balanza química que databa de los días en que trabajaba en química con su hermano Erasmus.