mucho, pero rara vez la llevaba encima porque le tentaba a tomar demasiadas pizcas. En una de sus primeras cartas habla de haber abandonado el rapé durante un mes y se describe a sí mismo como sintiéndose «sumamente letárgico, estúpido y melancólico».
Nuestro antiguo vecino y clérigo, el señor Brodie Innes, me cuenta que en una ocasión mi padre tomó la firme decisión de no tomar rapé si no era fuera de casa, «un arreglo de lo más satisfactorio para mí —añade—, ya que guardaba una caja en mi estudio a la que se podía acceder desde el jardín sin necesidad de llamar a los sirvientes, y tuve con mayor frecuencia, de lo que habría sido el caso de otro modo, el privilegio de unos minutos de conversación con mi querido amigo».
Por lo general tomaba rapé de un tarro situado en la mesa del vestíbulo, porque tener que recorrer esa distancia para tomar una pizca le imponía un leve freno; el tintineo de la tapa del tarro de rapé era un sonido muy familiar.
A veces, cuando estaba en el salón, se le ocurría que el fuego del estudio debía de estar apagándose, y cuando alguno de nosotros se ofrecía a ocuparse de ello, resultaba que él también deseaba ir a tomar una pizca de rapé.
Fumar solo lo adoptó de manera permanente en los últimos años, aunque en sus cabalgatas por las Pampas aprendió a fumar con los gauchos, y le he oído hablar del gran consuelo que significaba una taza de mate y un cigarrillo cuando se detenía tras una larga cabalgata y no conseguía comida durante un buen rato.
La lectura en voz alta solía adormecerlo, y él lamentaba perderse partes de una novela, pues mi madre continuaba impertérrita para que la interrupción del sonido no fuera a despertarlo. Bajaba a las cuatro en punto para vestirse para su paseo, y era tan puntual que uno podía estar completamente seguro de que faltaban pocos