basura, calificó los especímenes de «malditas porquerías infernales» y solía añadir: «Si yo fuera el capitán, bien pronto los echaría a usted y a todo su maldito desorden de aquí».
Una especie de halo de santidad rodeaba a mi padre por el hecho de cenar en el camarote del capitán, de modo que los guardiamarinas solían llamarle al principio «Señor», una formalidad que, sin embargo, no impidió que entablara una estrecha amistad con los oficiales más jóvenes. Escribió hacia el año 1861 o 1862 al señor P.G. King, M.L.C., Sídney, quien, como se ha dicho antes, era guardiamarina a bordo del «Beagle»: «El recuerdo de los viejos tiempos, en los que solíamos sentarnos y hablar sobre las obras del "Beagle", hará siempre, hasta el día de mi muerte, que me alegre de saber de su felicidad y prosperidad». El señor King describe el placer que mi padre parecía encontrar «al señalarme, siendo yo un muchacho, las delicias de las noches tropicales, con sus brisas balsámicas remolineando en las velas sobre nuestras cabezas y el mar iluminado por el paso del barco a través de las interminables corrientes de animalículos fosforescentes».