A menudo y muy a menudo, mientras deambulo entre estas colinas, pienso en Barmouth y, puedo añadir, deseo con la misma frecuencia tener a semejante compañía.
¡Qué contraste ofrece un paseo por estos dos lugares; aquí, abruptos y rocosos picos se hallan cubiertos hasta la misma cima por frondosos bosques; toda la superficie del país, salvo donde ha sido despejada por el hombre, es un bosque impenetrable.
Qué diferente de Gales, con sus colinas en pendiente cubiertas de césped y sus valles abiertos.
No sabía yo hasta qué punto la parte que podemos llamar moral está íntimamente conectada con el goce del paisaje. Me refiero a ideas tales como la historia del país, la utilidad de sus frutos y, más especialmente, la felicidad de la gente que habita en él. Conviértase al trabajador inglés en un pobre esclavo, que trabaja para otro, y apenas se reconocerá la misma vista.
Estoy seguro de que os alegrará saber lo sumamente bien que ha resultado cada parte (Dios no lo quiera, excepto el mareo) de la expedición.
Ya hemos visto Tenerife y la Gran Canaria; San Jago, donde pasé tres semanas de lo más encantadoras, deleitándome con los placeres de naturalizar por primera vez una isla volcánica tropical, y, además de otras islas, los dos puertos célebres de los Brasil, a saber, Bahía y Río.
Estuve en mi hamaca hasta que llegamos a Canarias, y nunca olvidaré la sublime impresión que la primera vista de Tenerife causó en mi mente. La llegada inicial al tiempo cálido fue de lo más placenteramente lujosa; el cielo azul claro de los trópicos supuso un cambio extraordinario tras aquellos malditos vendavales del suroeste en Plymouth.