Las glorias de la vegetación de los trópicos acuden a mi mente en el presente con más viveza que cualquier otra cosa; aunque la sensación de sublimidad que los grandes desiertos de la Patagonia y las montañas cubiertas de bosques de Tierra del Fuego despertaron en mí ha dejado una impresión indeleble en mi espíritu. La visión de un salvaje desnudo en su tierra natal es un acontecimiento que jamás puede olvidarse. Muchas de mis excursiones a caballo por países agrestes, o en bote, algunas de las cuales duraron varias semanas, fueron profundamente interesantes: su incomodidad y cierto grado de peligro eran en aquel momento apenas un inconveniente, y ninguno en absoluto después. También recuerdo con gran satisfacción algunos de mis trabajos científicos, como la resolución del problema de las islas de coral y la determinación de la estructura geológica de ciertas islas, por ejemplo, Santa Elena. Tampoco debo pasar por alto el descubrimiento de las singulares relaciones de los animales y las plantas que habitan las diversas islas del archipiélago de las Galápagos, y de todas ellas con los habitantes de América del Sur.
Por lo que puedo juzgar de mí mismo, trabajé al máximo durante el viaje por el mero placer de la investigación y por mi fuerte deseo de añadir unos cuantos hechos a la gran masa de datos de las ciencias naturales. Pero también tenía la ambición de ocupar un lugar digno entre los hombres de ciencia —si más o menos ambicioso que la mayoría de mis compañeros, no puedo formarme una opinión—.
La geología de San Jago es muy llamativa, aunque sencilla: una corriente de lava fluyó en el pasado sobre el lecho del mar, formado por conchas y corales recientes triturados, los cuales ha cocido hasta convertirlos en una dura roca blanca. Desde entonces, toda la isla ha experimentado un levantamiento. Pero la línea de roca blanca me reveló un hecho nuevo e