arrojar una pajuela al fuego después de haberla usado para encender una
Mi padre fue maravillosamente liberal y generoso con todos sus hijos en lo que a dinero se refiere, y tengo motivos especiales para recordar su bondad cuando pienso en la forma en que pagó algunas de mis deudas de Cambridge, haciendo casi parecer una virtud en mí el habérselas contado. En sus últimos años tenía el bondadoso y generoso plan de repartir su excedente a fin de año entre sus hijos.
Sentía un gran respeto por la pura capacidad comercial, y a menudo hablaba con admiración de un pariente que había duplicado su fortuna. Y de sí mismo solía decir en broma que de lo que ESTABA realmente orgulloso era del dinero que había ahorrado.
También sentía satisfacción por el dinero que ganaba con sus libros. Su afán por ahorrar provenía en gran medida del temor a que sus hijos no tuvieran la salud suficiente para ganarse la vida, un presentimiento que lo acosó sin tregua durante muchos años.
Y conservo un vago recuerdo de cuando me dijo: «Gracias a Dios, tendrán pan y queso», siendo yo tan pequeño que tendía a tomarlo al pie de la letra.
Cuando terminaba las cartas, hacia las tres de la tarde, descansaba en su dormitorio, tumbado en el sofá y fumando un cigarrillo, y escuchando una novela u otro libro que no fuera científico.
Solo fumaba cuando descansaba, mientras que el rapé era un estimulante, y lo tomaba durante las horas de trabajo.
Tomó rapé durante muchos años de su vida, habiendo adquirido el hábito en Edimburgo como estudiante. Tenía una bonita tabaquera de plata que le había regalado la señora Wedgwood de Maer, la cual valoraba