tan inestable que no hemos entrado en ningún puerto sin algún tipo de disturbio. En Buenos Aires un disparo pasó silbando sobre nuestras cabezas; es un ruido que nunca antes había escuchado, pero descubrí que tenía un conocimiento instintivo de lo que significaba. El otro día desembarcamos a nuestros hombres aquí y tomamos posesión, a petición de los habitantes, del fuerte central. Los filósofos como nosotros no nos comprometemos a este tipo de trabajo, y espero que no haya más. Zarparemos en el curso de uno o dos días para explorar la costa de la Patagonia; como es totalmente desconocida, espero bastante interés. Pero ya percibo la penosa diferencia entre navegar por estos mares y el océano equinoccial. En el «Golfo de las Damas», como lo llaman los españoles, es tan placentero sentarse en la cubierta y disfrutar de la frescura de la noche, y admirar las nuevas constelaciones del Sur... Me pregunto cuándo volveremos a encontrarnos; pero sea cuando fuere, pocas cosas me darán mayor placer que volver a verte y hablar del largo tiempo que hemos pasado juntos.
Si vinieras a verme ahora, sin duda me mirarías como a una fiera, una gran barba gris y una chaqueta gastada desfigurarían a un ángel.
Créeme, querido Watkins, con los más afectuosos sentimientos de amistad.
Siempre tuyo, CHARLES DARWIN.