venenoso de las serpientes venenosas es «totalmente ajeno a las leyes ordinarias de la vida animal y propio de ellas solas»; de los rudimentos de la fisiología, que puede preguntar: «¿qué ventaja vital podría alterar la forma de los corpúsculos en los que la sangre puede evaporarse?». Tampoco deja de sazonar el crítico este derroche de incapacidad absurda con un poco de estímulo del odium theologicum. Cierta noción de la historia de los conflictos entre la astronomía, la geología y la teología le lleva a dejar una vía de escape abierta mediante la salvedad de que no puede «consentir en someter a prueba la verdad de la ciencia natural mediante la palabra de la Revelación»; pero, a pesar de todo, dedica páginas a exponer su convicción de que la teoría del Sr. Darwin «contradice la relación revelada de la creación con su Creador» y es «incompatible con la plenitud de su gloria».
Si limito mi perspectiva de la acogida del «Origen de las especies» a unos doce meses, más o menos, desde el momento de su publicación, no recuerdo nada tan necio y grosero como el artículo de la «Quarterly Review», a no ser, quizás, que el discurso de un reverendo profesor ante la Sociedad Geológica de Dublín pudiera entrar en competencia con él.
Pero una gran proporción de los críticos del Sr. Darwin guardaba un lamentable parecido con el recensionista de la «Quarterly», en la medida en que carecían ya fuera de la voluntad o del ingenio para hacerse dueños de su doctrina; casi ninguno poseía el conocimiento requerido para seguirlo a través del inmenso campo de la ciencia biológica y geológica que el «Origen» abarcaba; al mismo tiempo que, con demasiada frecuencia, habían prejuzgado el caso por motivos teológicos y, como parece ser inevitable cuando esto ocurre, suplieron la falta de razón con la superfluidad de los insultos.
Pero será más grato y más provechoso examinar aquellas críticas que fueron reconocidas por escritores de autoridad científica, o que llevaban en sí mismas la prueba interna de la mayor o menor competencia y, a menudo, de la buena fe de sus autores.