para guardar la ropa eran varios cajones pequeños en la esquina, que iban de cubierta a cubierta; el cajón superior se quitaba cuando se colgaba la hamaca, pues de lo contrario no cabía a lo largo, de modo que los cordones de los pies ocupaban el lugar del cajón superior. Para los especímenes tenía un camarote muy pequeño bajo el castillo
Sin embargo, de esta pequeña habitación escribió con entusiasmo, el 17 de septiembre de 1831:—
Cuando escribí la última vez estaba muy alarmado por mi camarote. Los camarotes todavía no estaban señalados, pero cuando me fui ya lo estaban, y el mío es magníficamente bueno, sin duda el siguiente mejor al del Capitán y extraordinariamente luminoso. Mi compañero, por una gran suerte, según creo, resultará ser el oficial que más me va a gustar. El capitán Fitz-Roy dice que cuidará de que un rincón esté tan bien acondicionado que me sienta cómodo en él y lo considere mi hogar, pero que también podré moverme a mis anchas por el suyo. Mi camarote es el de dibujo; y en el medio hay una mesa grande, sobre la cual dormimos los dos en hamacas. Pero durante los primeros dos meses no habrá nada de dibujo que hacer, de modo que será una habitación bastante lujosa, y bastante más grande que el camarote del Capitán.
Mi padre solía decir que fue la absoluta necesidad de orden en el reducido espacio del «Beagle» lo que ayudó «a conferirle sus metódicos hábitos de trabajo».
En el «Beagle», también, solía decir que aprendió lo que consideraba la regla de oro para ahorrar tiempo: es decir, cuidar los minutos.
Sir James Sulivan me cuenta que el principal defecto en el equipamiento de la expedición fue la falta de un segundo buque más pequeño que sirviera como embarcación auxiliar. Esta carencia se sintió tanto por parte del capitán Fitz-Roy que alquiló dos botes con cubierta para explorar la costa de la Patagonia, por un