abatimiento que se apoderó de mí, y el cuidado que puso en disiparla hablándome poco después con especial amabilidad. Mantuvo su trato encantador y afectuoso hacia todos nosotros durante toda su vida. A veces me sorprende que pudiera hacerlo, con lo poco efusivos que somos como familia; pero espero que supiera cuánto disfrutábamos de sus palabras y modales amorosos. Qué de veces, ya siendo hombre, he deseado, cuando mi padre estaba detrás de mi silla, que me pasara la mano por el pelo, como solía hacer cuando era un muchacho. Permitía que sus hijos adultos se rieran con él y de él, y estaba, en términos generales, en un plano de perfecta igualdad con nosotros.
Él siempre se mostraba muy interesado por los planes o los éxitos de cada uno. Solíamos reírnos de él y decíamos que no creía en sus hijos porque, por ejemplo, dudaba un poco de que aceptaran algún trabajo para el cual no estuviera seguro de que tuvieran suficientes conocimientos.
Por otra parte, era más que propenso a tener una opinión favorable de nuestro trabajo. Cuando yo pensaba que él había valorado demasiado algo que yo había hecho, solía indignarse y estar a punto de estallar en una falsa cólera.
Sus dudas formaban parte de su humildad respecto a lo que tuviera alguna relación con él mismo; su visión demasiado favorable de nuestro trabajo se debía a su naturaleza comprensiva, que lo hacía cauto y benévolo con todo el mundo.
Conservó con sus hijos su encantador modo de expresar su agradecimiento; y nunca escribí una carta, ni leí una página en voz alta, sin recibir unas pocas y amables palabras de reconocimiento. Su amor y bondad hacia su nieto pequeño Bernard eran inmensos; y a menudo