I. Cacher ses desseins.
1 Marco Porcio Catón, sospechando que las ciudades sometidas por él en España se rebelarían en la primera ocasión, confiadas en sus murallas, prescribió a cada una en particular que demoliciese sus fortificaciones, amenazándolas con la guerra si no obedecían al instante; y se cuidó de que sus cartas les fuesen entregadas a todas el mismo día. Cada una de las ciudades creyó que esta orden se le daba solo a ella. Habrían podido ponerse de acuerdo y resistir[15], si hubiesen sabido que era una medida general.
2 Himilcón, jefe de una flota cartaginesa, queriendo desembarcar inesperadamente en Sicilia, no dio a conocer el lugar de su destino; sino que entregó a todos los pilotos unas tablillas selladas[16] que indicaban la parte de la isla a la que quería que se dirigiesen; y les prohibió abrirlas, a menos que la tempestad los apartara de la ruta de la nave capitana.
3 Cayo Lelio, yendo en embajada cerca de Sífax[17], se llevó consigo a centuriones y tribunos que, bajo el hábito de esclavos y criados, le servían de espías, entre otros a L. Statorio, a quien algunos de los enemigos parecían reconocer, porque había estado a menudo en su campamento. Lelio, para encubrir la condición de este oficial, le dio bastonazos como si fuera un esclavo.
4 Tarquino el Soberbio, juzgando que era necesario dar muerte a los principales ciudadanos de Gabies[18], y no queriendo confiar sus órdenes a nadie, no dio ninguna respuesta al mensajero que su hijo le había enviado a este respecto; sino que, como se paseaba entonces por su jardín, derribó con una vara las cabezas de las amapolas más altas. El emisario, despedido sin respuesta, dio cuenta al joven Tarquino de lo que