los españoles se apoderaron de Amiens en 1597. Unos soldados, disfrazados de campesinos, entraron en la ciudad conduciendo un carro cargado de nueces, de las cuales dejaron caer una cierta cantidad. Mientras los guardias de las puertas las recogían, los soldados disfrazados los acuchillaron y abrieron la ciudad al ejército que los seguía.
[93] Los disfraces han estado en uso desde siempre para sorprender o reconocer las plazas. Así, Catinat tomó los hábitos de un carbonero para entrar en Luxemburgo y constatar el estado de las fortificaciones de esa ciudad.
Después de la paz de Tilsit, la ciudad de Pilau, puerto de mar en el Báltico, habiendo rehusado abrir sus puertas a los franceses, el general Saint-Hilaire la asedió. En el curso de las hostilidades, este general acordó una entrevista con el gobernador, y se hizo acompañar al interior de la ciudad por el coronel de ingenieros Séruzier, quien se disfrazó de húsares para no inspirar ninguna desconfianza, y reconoció los puntos atacables de las fortificaciones.