conjuración repentina, hizo tocar la carga y envió escuadrones en su persecución. Los enemigos, creyendo que se les iba a atacar, lanzaron una descarga de flechas contra los macedonios tránsfugas; estos, viéndose rechazados por las tropas a las que iban a entregarse y presionados por las que abandonaban, se vieron obligados a entablar combate con los enemigos.
9 Datames, que mandaba el ejército de los persas en Capadocia contra Autofradates, supo que una parte de su caballería desertaba al enemigo. Reunió a todo lo que le quedaba de ella, persiguió a los prófugos y, cuando los alcanzó, los alabó por la rapidez con que se habían adelantado, y los instó a mostrar la misma energía al atacar al enemigo. La vergüenza provocando en ellos el arrepentimiento, abandonaron su propósito, creyendo que este no había sido descubierto en absoluto.
10 El cónsul T. Quinctio Capitolino, viendo que los romanos cedían, exclamó que hacia el otro ala los enemigos estaban en ruta. Con esta mentira reanimó el valor de los suyos y obtuvo la victoria.
11 En un combate contra los etruscos, el cónsul Fabio, que mandaba el ala izquierda, al ser herido[81], y habiendo empezado a ceder una parte de los soldados romanos, persuadidos de que había muerto, el otro cónsul, Cn. Manlio, acudió con algunos escuadrones, gritando que su colega vivía y que él mismo había vencido en la otra ala. Con esta audaz firmeza devolvió el valor a su ejército y ganó la batalla.
12 En la guerra que Mario libró contra los cimbros y los teutones, sus oficiales marcaron la ubicación del campamento con tan poca previsión, que el agua estaba en poder de los bárbaros. Como los soldados se la pedían: «Es ahí donde hay que ir a tomarla», les dijo Mario, señalando con el dedo la posición del enemigo. Esta enérgica respuesta bastó para que los bárbaros fueran en un instante expulsados de su campamento.
13 T. Labieno, después de la jornada de Farsalia, se refugió en Dirraquio con el ejército vencido, y allí, sin disimular el resultado de la batalla,