por el pueblo tribuno de los soldados, no hubiera dado un rodeo para ir a desalojar a los etolios de las cumbres del Calídromo, donde se habían apostado, y no se hubiera mostrado de repente sobre una colina que dominaba el campamento del rey. Las tropas de Antíoco sintieron pánico: atacadas por ambos lados a la vez, fueron puestas en fuga, y su campamento quedó en poder de los romanos.
5 El cónsul C. Sulpicio Pético, a punto de entablar combate con los galos, envió en secreto a los criados del ejército con mulas a unas alturas vecinas, desde donde debían, una vez comenzada la acción, dejarse ver por los combatientes como si fueran un cuerpo de caballería. Los galos, creyendo que llegaban refuerzos a los romanos, se retiraron en el momento en que estaban casi venciendo.
6 Mario, con la intención de dar batalla a los teutones al día siguiente, cerca de Aquæ Sextiæ[66], envió durante la noche a Marcelo a tomar posición al otro lado del ejército enemigo con un pequeño destacamento de jinetes y de infantes, al que hizo parecer más numeroso añadiéndole mozos de campamento y vivanderos armados, con la mayor parte de las bestias de carga, equipadas de tal manera que se les pudiera tomar por caballería. Esta tropa, que tenía la orden de descender a la llanura detrás del enemigo tan pronto como viera comenzar el combate, inspiró tanto terror a los teutones con su aparición repentina que estos enemigos tan temibles emprendieron la fuga.
7 En la guerra de los fugitivos, Licinio Craso, en el momento de formar su ejército en batalla, cerca de Calamarca, contra Cástus y Gannicus, generales de los galos, hizo pasar al otro lado de una montaña a sus lugartenientes C. Pomptinio y Q. Marcio Rufo, con doce cohortes. Cuando se hubo empeñado el combate, estas tropas descendieron a la espalda del ejército enemigo, dando grandes gritos, y sembraron en él tal desorden, que huyó por todas partes, sin poder volver a formarse.