1 Escipión, al llegar de Italia a África con su ejército, cayó al salir de su barco, y, viendo a sus soldados aterrorizados por este suceso, supo, por su valor y su presencia de ánimo, hallar en esta circunstancia un motivo de exhortación: «¡Soldados —exclamó—, alégrense: tengo a África bajo mi poder!»
2 C. César, habiendo caído en el momento en que subía a su nave, exclamó: «¡Oh tierra, madre mía, te tengo!»[49] queriendo dar a entender con ello que volvería a este país del cual se alejaba.
3 El cónsul T. Sempronio Graco[50] avanzaba en orden de combate contra los picentinos, cuando un terremoto sembró de repente el pánico en ambos ejércitos. Exhortó a los suyos, los tranquilizó y, tras persuadirlos de abalanzarse sobre el enemigo, al que la superstición mantenía abatido, ordenó el ataque y resultó victorioso.
4 En el ejército de Sertorio, los escudos de la caballería, por un prodigio repentino, parecieron ensangrentados por fuera, al igual que el pecho de los caballos. Este general declaró que era un presagio de victoria, porque esos objetos suelen cubrirse con la sangre del enemigo.
5 Epaminondas, viendo que sus tropas estaban atemorizadas porque el viento había arrancado una banderilla que colgaba de su lanza como adorno y la había arrojado sobre la tumba de un lacedemonio, les dijo: «Soldados, dejad de temer; esto anuncia la muerte de los lacedemonios: adornamos las tumbas para sus funerales».
6 Un meteoro encendido, caído del cielo durante la noche, aterraba a los soldados que lo habían visto: «Es, les dijo Epaminondas, una luz que la bondad de los dioses nos envía».
7 El mismo general estaba a punto de entrar en combate con los lacedemonios, cuando el asiento en el que estaba sentado se rompió, lo que fue, para el común de los soldados, un acontecimiento de siniestro presagio: «Vamos —exclamó—, ya no podemos seguir sentados».