de ellos, un hombre resuelto llamado Amílcar Rhodinus, fue, por orden de ellos, a refugiarse junto a este rey como si fuera un exiliado, y puso todo su empeño en ganarse su confianza. Tan pronto como lo logró, dio a conocer a sus conciudadanos los proyectos del monarca[24].
4 Los cartagineses tuvieron en Roma emisarios que, bajo el pretexto de una embajada, debían permanecer allí largo tiempo y sorprender nuestros designios.
5 En España, M. Catón, no pudiendo penetrar los designios del enemigo por otro medio, ordenó a trescientos soldados que se precipitasen juntos sobre un puesto español, que se apoderasen de un hombre y lo trajesen al campamento sano y salvo. El prisionero, sometido a tortura, reveló todos los secretos de los suyos.
6 Durante la guerra de los cimbros y los teutones, el cónsul C. Mario, queriendo poner a prueba la fidelidad de los galos y los ligures, les envió unas cartas cuya primera cubierta les prohibía abrir, antes de una época determinada, el interior, que estaba sellado; luego reclamó estas mismas misivas antes de ese plazo, y habiéndolas encontrado deslacradas, comprendió que estos pueblos fomentaban planes hostiles.
Aún hay, para penetrar los designios del enemigo, medios que los generales emplean por sí mismos, sin ningún auxilio extranjero. He aquí algunos ejemplos:
7 Durante la guerra de Etruria, el cónsul Emilio Paulo se disponía a hacer descender a su ejército a una llanura, cerca de Populonia, cuando vio a lo lejos una multitud de aves que se elevaban de un bosque, precipitando su vuelo. Pensó que allí había alguna emboscada, porque las aves habían levantado el vuelo asustadas y en gran número. Unos espías que envió le informaron, en efecto, de que diez mil boyos se disponían a sorprender allí al ejército romano. Entonces, mientras era esperado por un lado, hizo pasar a sus legiones por el otro, y envolvió al enemigo.