34 Eumenes de Cardia, uno de los sucesores de Alejandro, al encontrarse asediado en un castillo donde no podía ejercitar a sus caballos, se cuidaba, todos los días y a las mismas horas, de suspenderlos de tal manera que, apoyados sobre sus patas traseras y teniendo las delanteras en el aire, se agitaban violentamente en todos sentidos y entraban en calor para recuperar su posición natural.
35 M. Catón, a quien unos bárbaros se comprometían a proporcionar guías, e incluso refuerzos, siempre que se les diera una suma considerable, no dudó en prometérsela, porque, si salían vencedores, podía pagarles con el botín hecho al enemigo, y si perecían en el combate, quedaba libre de su promesa.
36 Statilio, caballero recomendable por sus servicios, disponiéndose a pasarse al bando enemigo, Q. Fabio Máximo lo hizo llamar y, tras decirle, a modo de excusa, que los celos de sus camaradas le habían hecho ignorar su mérito hasta entonces, le hizo presente de un caballo y de una suma de dinero. Este hombre, a quien el sentimiento de sus culpas había llevado tembloroso, salió lleno de alegría; y, de vacilante, se volvió desde entonces tan fiel como era bravo.
37 Felipe, habiendo sabido que un cierto Pitias, excelente guerrero, se había vuelto su enemigo porque, en su pobreza, teniendo apenas con qué alimentar a sus tres hijas, no recibía de este rey ningún subsidio, respondió a quienes le aconsejaban deshacerse de ese hombre: «¡Cómo! Si uno de mis miembros estuviera enfermo, ¿lo cortaría antes que curarlo?». Enseguida mandó llamar secretamente a este Pitias, lo recibió con bondad y, después de haberle hecho exponer el estado desdichado de sus asuntos, le dio dinero y lo convirtió por ello en alguien más fiel y más devoto de lo que era antes de tener de qué quejarse.
38 Tras el desafortunado combate contra los cartagineses, en el que Marcelo perdió la vida, T. Quincio Crispino, al enterarse de que el anillo