19 Arybas, rey de los molosos, teniendo que sostener una guerra contra Ardys, rey de Iliria, que tenía un ejército más fuerte que el suyo, envió a una provincia de Etolia, vecina de sus Estados, a aquellos de sus súbditos que no podían defenderse, y esparció el rumor de que abandonaba a los etolios sus ciudades y todas sus posesiones; después, poniéndose al frente de aquellos que eran capaces de llevar las armas, colocó emboscadas en las montañas y en lugares de difícil acceso. Los ilirios, temiendo que las riquezas de los molosos cayeran en poder de los etolios, acudieron al pillaje con precipitación y en desorden; y cuando Arybas los vio dispersos y en plena seguridad, salió de la emboscada, cayó sobre ellos y los puso en fuga.
20 T. Labieno, teniente de C. César, deseando dar batalla a los galos antes de la llegada de los germanos, que sabía debían acudir en su auxilio, fingió desconfiar de sus fuerzas; y, tras haber asentado su campamento cerca de un río[70], en la orilla opuesta a la que ocupaba el enemigo, dio la orden de marcha para el día siguiente. Los galos, creyendo que huía, se dispusieron a cruzar el río; pero, en el mismo momento en que luchaban contra las dificultades del paso, el ejército de Labieno dio media vuelta y los hizo pedazos.
21 Aníbal, habiéndose dado cuenta de que Fulvio, general romano, había fortificado mal su campamento y obraba a menudo con poca prudencia, envió al romper el día, en el momento en que una espesa niebla oscurecía el tiempo, a unos cuantos jinetes a dejarse ver por los centinelas que vigilaban nuestros atrincheramientos.
Inmediatamente Fulvio hizo salir a su ejército. Aníbal, viniendo por otro lado, se apoderó del campamento y, cayendo desde allí sobre la retaguardia de los romanos, mató a ocho mil de sus mejores soldados y al propio general.
22 El ejército romano habiendo sido dividido entre el dictador Fabio y Minucio, jefe de la caballería, sabiendo el primero esperar las ocasiones y