En el cual Fix no parece comprender en lo más mínimo lo que se le dice.
El Rangún —uno de los vapores de la Peninsular and Oriental Company que navegaban por los mares de China y Japón— era un vapor de hélice, construido de hierro, de unas mil setecientas setenta toneladas de peso y con máquinas de cuatro caballos de fuerza. Era tan rápido, aunque no tan bien acondicionado, como el Mongolia, y Aouda no se encontraba a bordo tan cómodamente instalada como Phileas Fogg habría deseado. Con todo, el viaje de Calcuta a Hong Kong abarcaba tan solo unas tres mil quinientas millas, con una duración de diez a doce días, y la joven no era difícil de complacer.
Durante los primeros días del viaje, Aouda llegó a conocer mejor a su protector y dio constantes muestras de su profundo agradecimiento por lo que él había hecho. El flemático caballero la escuchaba, al menos en apariencia, con frialdad; ni su voz ni sus modales delataban la más mínima emoción, pero parecía estar siempre atento a que a Aouda no le faltara ninguna comodidad. La visitaba regularmente todos los días a horas determinadas, no tanto para hablar él, como para sentarse a escucharla. La trataba con la más estricta cortesía, pero con la precisión de un autómata cuyos movimientos hubieran sido programados para tal fin.