comenzar a las tres, y pronto los ensordecedores instrumentos de una orquesta japonesa resonaron en la puerta. Passepartout, aunque no había podido estudiar ni ensayar un papel, fue designado para prestar la ayuda de sus robustos hombros en la gran exhibición de la «pirámide humana», ejecutada por las Narices Largas del dios Tingou. Esta «gran atracción» debía cerrar el espectáculo.
Antes de las tres, el gran cobertizo fue invadido por los espectadores, entre europeos e indígenas, chinos y japoneses, hombres, mujeres y niños, que se precipitaron sobre los bancos estrechos y en los palcos frente al escenario.
Los músicos tomaron posición en el interior y tocaban con vigor sus gongs, tam-tanes, flautas, huesos, panderetas y tambores inmensos.