el tren entero, lanzado a una velocidad de cien millas por hora, apenas si se apoyaba sobre los rieles.
¡Y cruzaron! Fue como un relámpago. Nadie vio el puente. El tren saltó, por decirlo así, de una orilla a la otra, y el maquinista no pudo detenerlo hasta haber avanzado cinco millas más allá de la estación. Pero apenas hubo pasado el río el tren, cuando el puente, totalmente arruinado, se desplomó con gran estrépito en los rápidos del Medicine Bow.