En el que la nariz de Passepartout se vuelve escandalosamente larga.
A la mañana siguiente, el pobre, agotado y famélico Passepartout se dijo que tenía que conseguir algo de comer a toda costa, y cuanto antes lo hiciera, mejor.
Bien podría vender su reloj; pero antes se habría muerto de hambre. Ahora o nunca debía usar la voz potente, si bien no melodiosa, que la naturaleza le había otorgado.
Se sabía varias canciones francesas e inglesas, y se propuso interpretárselas a los japoneses, que debían de ser amantes de la música, ya que se pasaban el día aporreando sus platillos, tam-tames y panderetas, y sabrían apreciar el talento europeo.
Era, tal vez, demasiado temprano por la mañana para organizar un concierto, y el público, prematuramente arrancado de su sueño, tal vez no pagaría a su artista con monedas con la efigie del Mikado. Passepartout decidió, por lo tanto, esperar varias horas; y, mientras deambulaba, se le ocurrió que iría demasiado bien vestido para ser un