Es esta una importante escala en el Pacífico donde hacen aguada todos los vapores de correo y los que conducen viajeros entre Norteamérica, China, Japón y las islas orientales. Está situado en la bahía de Edo, a muy poca distancia de esa segunda capital del Imperio japonés, residencia del Tykún, el emperador civil, antes de que el Mikado, el emperador espiritual, absorbiera sus funciones en las suyas propias. El Carnatic ancló en el muelle, cerca de la aduana, en medio de una multitud de barcos que enarbolaban los pabellones de todas las naciones.
Passepartout desembarcó con timidez en aquel territorio tan curioso de los Hijos del Sol. No tenía nada mejor que hacer que, tomando el azar como guía, vagar sin rumbo por las calles de Yokohama. Se encontró primero en un barrio enteramente europeo, de casas de fachadas bajas y adornadas con galerías, bajo las cuales alcanzaba a vislumbrar pulcros peristilos. Este barrio ocupaba, con sus calles, plazas, muelles y almacenes, todo el espacio comprendido entre el «promontorio del Tratado» y el río. Aquí, como en Hong Kong y Calcuta, se mezclaban muchedumbres de todas las razas —estadounidenses y ingleses, chinos y holandeses, la mayoría comerciantes dispuestos a comprar o vender cualquier cosa. El francés se sentía tan solo entre ellos como si hubiera caído en medio de los hotentotes.
Tenía, al menos, un recurso: acudir a los cónsules francés e inglés en Yokohama en busca de ayuda. Pero le repugnaba contar la historia de sus aventuras, tan íntimamente ligada como estaba a la de su amo; y, antes de hacerlo, decidió agotar todos los demás medios de ayuda. Como el azar no le favorecía en el barrio europeo, se adentró en el habitado por los japoneses nativos, decidido, de ser necesario, a seguir hasta Edo.
El barrio japonés de Yokohama se llama Benten, en honor a la diosa del mar, a quien se venera en las islas de los alrededores. Allí contempló