él, preguntándole si ganaba mucho con su actual ocupación.
—Sí y no —respondió Fix—; hay buena y mala suerte en estas cosas. Pero debe usted comprender que yo no viajo por mi cuenta.
—¡Oh, de eso estoy bien seguro! —exclamó Passepartout, soltando una carcajada.
Fix, bastante desconcertado, bajó a su camarote y se entregó a sus reflexiones.
Evidentemente era sospechoso; de algún modo el francés se había enterado de que era un detective. ¿Pero se lo habría dicho a su amo? ¿Qué papel estaba jugando en todo aquello: era cómplice o no? ¿Se había acabado el juego, entonces?
Fix pasó varias horas dándole vueltas a estas cosas en su cabeza, pensando a veces que todo estaba perdido, luego persuadiéndose de que Fogg ignoraba su presencia, y finalmente indeciso sobre qué partido era mejor tomar.
No obstante, conservó la presencia de ánimo y al fin resolvió hablarle con franqueza a Passepartout. Si no consideraba practicable arrestar a Fogg en Hong Kong, y si Fogg hacía preparativos para abandonar aquel último reducto del territorio inglés, él, Fix, se lo diría todo a Passepartout.
O el criado era cómplice de su amo, y en este caso el amo conocía sus maniobras y él fracasaría; o bien el criado no sabía nada del robo, y entonces su interés sería abandonar al ladrón.
Tal era la situación entre Fix y Passepartout. Mientras tanto, Phileas Fogg se movía sobre ellos con la más majestuosa e inconsciente indiferencia.