En la que una nueva especie de fondos, desconocida para los hombres adinerados, aparece en la Bolsa.
Phileas Fogg sospechaba con razón que su partida de Londres crearía una viva sensación en el West End. La noticia de la apuesta se extendió por el Reform Club y dio lugar a un apasionante tema de conversación entre sus miembros. Del club pasó pronto a los periódicos de toda Inglaterra. Se habló de la jactanciosa «vuelta al mundo», se discutió y se polemizó sobre ella con tanta vehemencia como si el asunto fuera otro litigio del Alabama. Unos tomaron partido por Phileas Fogg, pero la gran mayoría negaba con la cabeza y se mostraba en su contra; era absurdo, imposible —declaraban—, que se pudiera dar la vuelta al mundo, salvo de forma teórica y sobre el papel, en ese tiempo mínimo y con los medios de transporte existentes. El Times, el Standard, el Morning Post, el Daily News y otros veinte periódicos sumamente respetables tildaron el proyecto del señor Fogg de locura; solo el Daily Telegraph lo apoyó vacilante. La gente en general lo creía un lunático y culpaba a sus amigos del Reform Club por haber aceptado una apuesta que delataba la aberración mental de su promotor.
Artículos no menos apasionados que lógicos aparecieron sobre el asunto, pues la geografía es una de las asignaturas predilectas de los ingleses; y las columnas dedicadas a la empresa de Phileas Fogg eran devoradas con avidez por todas las clases de lectores.