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nydus/Around the World in Eighty DaysPublic
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X. En el que a Passepartout le parece que sale muy bien librado con solo perder los zapatos

mitras negras y armenios de largas túnicas. Casualmente era el día de una festividad parsi. Estos descendientes de la secta de Zoroastro —los más ahorradores, civilizados, inteligentes y austeros de los indios orientales, entre quienes se cuentan los más ricos comerciantes nativos de Bombay— celebraban una especie de carnaval religioso, con procesiones y espectáculos, en medio de los cuales unas Bayaderas indias, ataviadas con gasa de color rosa recogida con hilos de oro y plata, bailaban con ligereza, pero con absoluta modestia, al son de violas y al tañido de panderetas. Huelga decir que Passepartout contemplaba estas curiosas ceremonias con los ojos desorbitados y la boca abierta, y que su rostro era el del paleto más inexperto imaginable.

Para desgracia de su amo, así como de sí mismo, su curiosidad lo arrastró inconscientemente mucho más lejos de lo que tenía intención de ir. Por fin, tras haber visto alejarse en la distancia el carnaval parsís, encaminaba sus pasos hacia la estación, cuando por casualidad divisó la espléndida pagoda de Malabar Hill, y fue presa de un deseo irresistible de ver su interior.

Ignoraba por completo que está prohibido a los cristianos entrar en ciertos templos indios, y que incluso los fieles no deben entrar sin antes dejar sus zapatos fuera de la puerta. Puede decirse aquí que la sabia política del Gobierno británico castiga severamente el menosprecio de las prácticas de las religiones nativas.

Passepartout, sin embargo, sin mala intención, entró como un simple turista, y pronto se perdió en la admiración de la espléndida ornamentación brahmánica que salía a su encuentro por doquier, cuando de repente se encontró despatarrado sobre las sagradas losas. Alzó la vista para contemplar a tres sacerdotes enfurecidos, quienes de inmediato se le fuero encima; le arrancaron los zapatos y comenzaron a golpearlo entre gritos ruidosos y salvajes.

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