Pero, una vez en Estados Unidos, ¿qué debía hacer él, Fix? ¿Debería abandonar a aquel hombre? ¡No, cien veces no! Hasta que hubiera conseguido su extradición, no lo perdería de vista ni un instante. Era su deber, y lo cumpliría hasta el final. Aun así, había una cosa por la cual dar gracias: Passepartout no estaba con su amo; y era sobre todo importante, después de las confidencias que Fix le había hecho, que el criado no volviera a hablar jamás con su amo.
Phileas Fogg también pensaba en Passepartout, que tan extrañamente había desaparecido.
Mirando el asunto desde todos los puntos de vista, no le parecía imposible que, por alguna equivocación, el hombre se hubiera embarcado en el Carnatic a última hora; y esta era también la opinión de Aouda, que sentía mucho la pérdida del digno muchacho a quien tanto debía.
Podrían entonces encontrarlo en Yokohama; porque, si el Carnatic lo llevaba allí, sería fácil averiguar si había estado a bordo.
Un viento fresco se levantó hacia las diez; pero, aunque hubiera sido prudente tomar un rizo, el piloto, tras examinar cuidadosamente el cielo, dejó la embarcación aparejada como antes. El Tankadere soportaba el velamen de maravilla, ya que tenía mucho calado, y todo estaba preparado para una gran velocidad en caso de tempestad.
El señor Fogg y Aouda descendieron a la cabina a medianoche, habiendo sido precedidos ya por Fix, que se había acostado en una de las literas. El piloto y la tripulación permanecieron en cubierta toda la noche.
Al amanecer del día siguiente, que era el 8 de noviembre, la embarcación había recorrido más de cien millas. La corredera indicaba