momentos, ya que dos caballeros tenían un asunto de honor que resolver. Los pasajeros concedieron la petición con presteza e inmediatamente desaparecieron en la plataforma.
El coche, que tenía unos cincuenta pies de largo, era muy conveniente para su propósito. Los adversarios podían marchar el uno hacia el otro por el pasillo y disparar a su antojo. Jamás se había organizado un duelo con mayor facilidad.
Mr. Fogg y el coronel Proctor, provistos cada uno de dos revólveres de seis tiros, entraron en el coche. Los padrinos, que se quedaron afuera, los encerraron dentro.
Debían comenzar a disparar al primer silbido de la locomotora. Transcurrido un intervalo de dos minutos, lo que quedara de los dos caballeros sería sacado del coche.
Nada podía ser más sencillo. En verdad, todo era tan sencillo que Fix y Passepartout sintieron que el corazón les latía como si fuera a estallar.
Estaban esperando el silbato convenido, cuando de repente resonaron gritos salvajes en el aire, acompañados de detonaciones que ciertamente no provenían del vagón donde se encontraban los duelistas. Las detonaciones continuaron al frente y a todo lo largo del tren. Gritos de terror surgieron del interior de los vagones.
El coronel Proctor y el señor Fogg, con el revólver en mano, abandonaron apresuradamente su prisión y se lanzaron hacia donde el ruido era más clamoroso. Vieron entonces que el tren era atacado por una banda de siux.
Esta no era la primera tentativa de estos audaces indios, pues más de una vez habían acechado trenes en el camino. Un centenar de ellos se había lanzado, según su costumbre, sobre los estribos sin detener el tren, con la facilidad de un payaso que monta a caballo a pleno galope.