“Te ofrezco dos mil”.
“¿Cada uno?”
“Cada uno”.
“¿Y son cuatro?”
“Cuatro”.
El capitán Speedy comenzó a rascarse la cabeza. Había ocho mil dólares que ganar, sin cambiar su ruta; por lo cual valía bien la pena vencer la repugnancia que sentía por toda clase de pasajeros. Además, los pasajeros a dos mil dólares ya no son pasajeros, sino mercancía valiosa.
—Salgo a las nueve —dijo el capitán Speedy simplemente—. ¿Están usted y su grupo listos?
—Estaremos a bordo a las nueve —contestó, no menos sencillamente, el señor Fogg.
Eran las ocho y media. Desembarcar del Henrietta, saltar a un coche de punto, apresurarse al hotel San Nicolás y regresar con Aouda, Passepartout y hasta el inseparable Fix fue obra de un instante, y Phileas Fogg lo llevó a cabo con la frialdad que jamás lo abandonaba. Ya estaban a bordo cuando el Henrietta se dispuso a zarpar.
Cuando Passepartout oyó lo que iba a costar este último viaje, exclamó un prolongado «¡Oh!» que recorrió toda su escala vocal.
En cuanto a Fix, se decía a sí mismo que el Banco de Inglaterra ciertamente no saldría bien indemnizado de este asunto. ¡Cuando llegaran a Inglaterra, aun si el señor Fogg no arrojaba algunos puñados de billetes de banco al mar, se habrían gastado más de siete mil libras!