“¿A qué hemos venido aquí en realidad? De verdad creo que podrías tratarnos con más franqueza”.
Holmes se rio. —Watson insiste en que soy un dramaturgo en la vida real —dijo—.
—Algún toque de artista brota en mi interior y exige con insistencia una puesta en escena adecuada. Ciertamente nuestra profesión, Mr. Mac, sería gris y sórdida si no preparáramos a veces el escenario para glorificar nuestros resultados. La acusación directa, la brutal palmada en el hombro—, ¿qué se puede sacar de un desenlace así? Pero la rápida deducción, la sutil trampa, la astuta previsión de los acontecimientos futuros, la vindicación triunfante de audaces teorías—, ¿no son acaso el orgullo y la justificación de la obra de nuestra vida? En este preciso instante usted vibra con el encanto de la situación y la anticipación de la caza. ¿Dónde estaría esa emoción si yo hubiera sido tan preciso como un horario de trenes? Solo le pido un poco de paciencia, Mr. Mac, y todo le quedará claro.
—Bueno, espero que el orgullo, la justificación y todo lo demás lleguen antes de que nos muramos de frío —dijo el detective londinense con cómica resignación.
Todos teníamos buenas razones para sumarnos al anhelo; pues nuestra vigilia fue larga y amarga.
Lentamente las sombras se oscurecieron sobre el largo y sombrío rostro de la vieja casa. Un hedor frío y húmedo procedente del foso nos caló hasta los huesos y nos hizo castañetear los dientes.
Había una única lámpara sobre la puerta de entrada y un globo de luz constante en el estudio fatal. Todo lo demás estaba oscuro y en silencio.