un silencio antipático, mirando con melancolía por la ventana el paisaje que se desvanecía.
No era una perspectiva muy alentadora. A través de la creciente oscuridad palpitaba el brillo rojo de los altos hornos en las laderas de las colinas. Grandes montones de escoria y vertederos de cenizas se vislumbraban a cada lado, con las altas chimeneas de las explotaciones hulleras alzándose por encima de ellos.
Grupos apiñados de humildes casas de madera, cuyas ventanas empezaban a perfilarse con luz, se encontraban dispersos aquí y allá a lo largo de la vía, y las frecuentes paradas estaban abarrotadas de sus morenos habitantes.
Los valles de hierro y carbón del distrito de Vermissa no eran lugares de descanso para gente ociosa o culta. Por todas partes había severos signos de la más cruda batalla por la vida, del rudo trabajo por hacer y de los rudos y fuertes trabajadores que lo hacían.
El joven viajero contempló aquel sombrío país con un rostro en el que se mezclaban la repulsión y el interés, lo que demostraba que el paisaje era nuevo para él.
A intervalos sacaba del bolsillo una carta voluminosa a la que recurría, y en cuyos márgenes anotaba algunas notas.
En una ocasión sacó de la parte baja de su cintura algo que difícilmente uno habría esperado encontrar en posesión de un hombre de modales tan apacibles. Era un revólver de la marina del calibre más grande. Al girarlo de soslayo hacia la luz, el destello sobre los bordes de los cartuchos de cobre dentro del tambor demostró que estaba totalmente cargado. Lo devolvió con rapidez a su bolsillo secreto, pero no sin antes haber sido observado por un obrero que se había sentado en el banco de al lado.