Evans Pott era su nombre, y hasta el gran jefe de Vermissa sentía hacia él algo de la repulsión y el temor que el enorme Danton pudo haber sentido por el diminuto pero peligroso Robespierre.
Un día Scanlan, que era compañero de pensión de McMurdo, recibió una nota de McGinty que incluía otra de Evans Pott, en la cual este le informaba de que iba a enviar a dos buenos hombres, Lawler y Andrews, con instrucciones de actuar en el vecindario; aunque por el bien de la causa era mejor no dar detalles sobre sus objetivos.
¿Se encargaría el Jefe de la Logia de que se hicieran los arreglos adecuados para su alojamiento y comodidad hasta que llegara el momento de la acción?
McGinty añadía que le era imposible a cualquiera mantenerse oculto en el Union House y que, por lo tanto, le agradecería que McMurdo y Scanlan hospedaran a los desconocidos durante unos días en su pensión.
Esa misma tarde llegaron los dos hombres, cada uno cargando su maleta. Lawler era un hombre mayor, astuto, silencioso y reservado, vestido con una vieja levita negra que, junto con su sombrero blando de fieltro y su barba desaliñada y entreana, le daba un aire general de predicador itinerante. Su compañero Andrews era poco más que un muchacho, de rostro franco y alegre, con el aire desenfadado de alguien que ha salido de vacaciones y se propone disfrutar cada minuto de ellas. Ambos hombres eran abstemios totales y se comportaban en todo como miembros ejemplares de la sociedad, con la única y simple excepción de que eran asesinos que a menudo habían demostrado ser instrumentos de suma eficacia para esta asociación de crímenes.