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nydus/The Valley of FearPublic
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III. La tragedia de Birlstone

En cuanto a los demás moradores del viejo edificio, bastará, de entre un numeroso servicio, con mencionar al pulcro, respetable y competente Ames, y a la señora Allen, una persona frondosa y alegre, que aligera a la señora de algunas de sus cargas domésticas.

Los otros seis criados de la casa no guardan relación alguna con los acontecimientos de la noche del 6 de enero.

Eran las once y cuarenta y cinco cuando la primera alarma llegó a la pequeña comisaría local, a cargo del sargento Wilson, de la policía de Sussex.

Cecil Barker, muy exaltado, había corrido hasta la puerta y hecho sonar el timbre con furia. Una terrible tragedia había ocurrido en la Mansión, y John Douglas había sido asesinado. Ese fue el agitado mensaje que traía.

Se había apresurado a regresar a la casa, seguido a los pocos minutos por el sargento de policía, quien llegó a la escena del crimen poco después de las doce, tras tomar inmediatas medidas para advertir a las autoridades del condado de que algo grave estaba sucediendo.

Al llegar a la Mansión, el sargento se había encontrado el puente levadizo bajado, las ventanas iluminadas y a toda la servidumbre en un estado de tremenda confusión y alarma. Los criados, de rostros pálidos, se agetreaban amontonados en el vestíbulo, con el asustado mayordomo retorciéndose las manos en el umbral. Solo Cecil Barker parecía dueños de sí mismo y de sus emociones; había abierto la puerta más cercana a la entrada y le había hecho señas al sargento para que lo siguiera. En ese momento llegó el doctor Wood, un médico general enérgico y competente del pueblo. Los tres hombres entraron juntos en la

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