Lo hizo; pero al parecer no halló rastro alguno de la planta oculta. Cuando hubo bajado, él y sus hombres escoltaron a McMurdo hasta la comisaría.
La oscuridad había caído y soplaba una ventisca helada, de modo que las calles estaban casi desiertas; pero unos pocos holgazanes siguieron al grupo y, envalentonados por la invisibilidad, lanzaron imprecaciones al prisionero.
—¡Lynchad al maldito Maleante! —gritaron—. ¡Lynchadlo!
Se reían y se burlaban mientras lo empujaban hacia la comisaría. Tras un breve y formal interrogatorio por parte del inspector a cargo, lo metieron en la celda común. Allí encontró a Baldwin y a otros tres delincuentes de la noche anterior, todos arrestados esa misma tarde y a la espera de su juicio a la mañana siguiente.
Pero incluso hasta en esta fortaleza interior de la ley, la larga mano de los Hombres Libres era capaz de alcanzar.
Tarde en la noche apareció un carcelero con un atado de paja para su lecho, de entre el cual extrajo dos botellas de güisqui, unos vasos y una baraja de cartas. Pasaron una noche divertidísima, sin la menor preocupación por la prueba de la mañana.
Tampoco tenían motivos para tenerla, como el resultado se encargó de demostrar. Al magistrado le era absolutamente imposible, según las pruebas, remitirlos a un tribunal superior.
Por un lado, los compositores y maquinistas se vieron obligados a admitir que la luz era dudosa, que ellos mismos estaban muy alterados y que les era difícil jurar la identidad de los asaltantes, aunque creían que los acusados se encontraban entre ellos.
Interrogados por el hábil abogado contratado por McGinty, sus declaraciones resultaron aún más difusas.