entreabierta. Un revólver apuntándole lo recibió allí, con los severos ojos azules del capitán Marvin, de la Policía Minera, brillando tras el punto de mira. El Jefe retrocedió y se dejó caer en su silla.
—Más seguro está allí, Consejero —dijo el hombre a quien habían conocido por McMurdo.
—Y usted, Baldwin, si no aparta la mano de la pistola, va a estafar al verdugo todavía. Sáquela, o por el Dios que me hizo... Eso, ya está bien. Hay cuarenta hombres armados alrededor de esta casa, y puede calcular por sí mismo qué oportunidades tiene. ¡Quíteles las pistolas, Marvin!
No era posible ninguna resistencia bajo la amenaza de aquellos rifles. Los hombres fueron desarmados.
Malhumorados, avergonzados y atónitos, todavía seguían sentados alrededor de la mesa.