Debajo se afirmaba que se había requisado una guardia policial, armada con rifles Winchester, para la defensa de la oficina.
McMurdo había dejado el periódico y estaba encendiendo su pipa con una mano temblorosa por los excesos de la noche anterior, cuando llamaron a la puerta y suura casera le trajo una nota que acababa de entregarle un muchacho. No estaba firmada y decía así:
Desearía hablar con usted, pero preferiría no hacerlo en su casa. Me encontrará junto al asta de la bandera en Miller Hill. Si viene ahora mismo, tengo algo que es importante que usted escuche y que yo le diga.
McMurdo leyó la nota dos veces con la mayor sorpresa; pues no podía imaginar qué significaba ni quién era el autor de ella.
De haber sido con letra femenina, habría podido pensar que era el principio de una de esas aventuras que le habían resultado bastante familiares en su vida pasada. Pero era la letra de un hombre, y además muy bien educado.
Finalmente, tras cierta vacilación, decidió llegar hasta el fondo del asunto.
Miller Hill es un parque público mal cuidado en pleno centro del pueblo. En verano es el lugar de recreo favorito de la gente, pero en invierno resulta de lo más desolado.
Desde su cima se divisa no solo todo el pueblo desparalizado y mugriento, sino el valle serpenteante que hay debajo, con sus minas y fábricas dispersas que ennegrecen la nieve a ambos lados, y las cordilleras boscosas y nevadas que lo flanquean.
McMurdo subió paseando por el sendero serpenteante cercado de perennes hasta llegar al restaurante desierto que constituye el centro de la alegría estival.