—Mira ahora —continuó, mientras llenaba tres vasos altos—. Bebamos el brindis de reconciliación de la logia. Después de eso, como sabes, no puede haber inquina entre nosotros. Vamos, pues: la mano izquierda en la manzana de Adán de mi garganta. Te digo a ti, Ted Baldwin, ¿cuál es la ofensa, señor?
—Las nubes están cargadas —respondió Baldwin.
“Pero ellos brillarán por siempre.”
“¡Y esto lo juro!”
Los hombres terminaron sus vasos, y se repitió la misma ceremonia entre Baldwin y McMurdo.
—¡Ya está! —exclamó McGinty, frotándose las manos—. Ese es el fin de la sangre negra. Te metes en la disciplina de la logia si esto va más allá, y esa es una mano pesada por estos lares, como el hermano Baldwin bien sabe, ¡y como tú vas a averiguar muy pronto, hermano McMurdo, si andas buscando jaleo!
—Pues mire, yo no lo haría tan a la ligera —dijo McMurdo. Le tendió la mano a Baldwin—. Tengo facilidad para enfadarme y facilidad para perdonar. Es mi sangre irlandesa, que es muy caliente, según dicen. Pero para mí ya pasó, y no le guardo rencor.
Baldwin tuvo que aceptar la mano ofrecida, pues la mirada malévola del terrible Jefe estaba puesta sobre él. Pero su rostro hosco demostraba cuán poco lo habían conmovido las palabras del otro.
McGinty les dio a ambos palmadas en los hombros. > «¡Vaya! ¡Estas muchachas! ¡Estas muchachas! —exclamó—. ¡Pensar que unas mismas enaguas se interpongan entre dos de mis muchachos! ¡Es una