—¡Entonces a Birlstone debemos ir! —exclamó MacDonald, saltando de su silla—. ¡Válgame Dios! Es más tarde de lo que pensaba. Les puedo conceder a ustedes, caballeros, cinco minutos para prepararse, y eso es todo.
—Y de sobra para los dos —dijo Holmes mientras se ponía en pie de un salto y se apresuraba a cambiarse la bata por la americana—. Mientras vamos de camino, Mr. Mac, le agradeceré que sea tan amable de contármelo todo.
«Todo lo referente a ello» resultó ser decepcionantemente poco, y sin embargo había suficiente como para asegurarnos bien que el caso que teníamos ante nosotros podía ser digno de la más estrecha atención del experto.
Se animó y se frotó las delgadas manos mientras escuchaba los escasos pero notables detalles. Una larga serie de semanas estériles quedaba atrás, y heme aquí que al fin había un objeto adecuado para aquellas facultades extraordinarias que, como todos los dones especiales, se vuelven molestos para su dueño cuando no se usan.
Aquel cerebro afilado como una navaja se embotaba y se oxidaba con la inacción.
Los ojos de Sherlock Holmes brillaron, sus pálidas mejillas adquirieron un tono más cálido y todo su rostro impaciente resplandeció con una luz interior cuando el llamado del trabajo lo alcanzó. Inclinándose hacia adelante en el carruaje, escuchó con atención la breve descripción que hizo MacDonald del problema que nos aguardaba en Sussex. El inspector dependía a su vez, según nos explicó, de un relato apresurado a lápiz que le había enviado el tren lechero en las primeras