horas de la mañana. White Mason, el agente local, era amigo personal, y por eso a MacDonald se le había notificado con mucha más rapidez de lo habitual en Scotland Yard cuando los provincianos requerían su ayuda. Es un rastro muy frío aquel sobre el que por lo general se le pide correr al experto metropolitano.
“Estimado inspector Macdonald,” decía la carta que nos leyó—: “La requisición oficial para sus servicios va en sobre separado. Esta es para su ojo privado. Póngame un telegrama indicando en qué tren de la mañana puede salir hacia Birlstone, y yo iré a buscarlo, o haré que lo busquen si estoy demasiado ocupado. Este caso es tremendo. No pierda un instante en ponerse en marcha. Si puede traer al señor Holmes, hágalo por favor, pues encontrará algo muy de su agrado. Creeríamos que todo ha sido preparado con un efecto teatral si no hubiera un muerto en medio de todo esto. ¡Válgame Dios! Es un caso tremendo”.
—Parece que su amigo no es ningún tonto —comentó Holmes.
—No, señor, White Mason es un hombre muy despierto, si no me equivoco.
—Bien, ¿tiene usted algo más?
“Solo que nos dará cada detalle cuando nos encontremos”.
—Entonces, ¿cómo llegó hasta el señor Douglas y al hecho de que había sido horriblemente asesinado?
«Eso figuraba en el informe oficial adjunto. No decía “horrible”: ese no es un término oficial reconocido. Daba el nombre de John Douglas. Mencionaba que sus heridas habían sido en la cabeza, a causa del disparo