—Yo pensaba lo mismo —dijo McMurdo—. Iré ahora mismo a arreglarlo. Puedes decirle a tu padre que dormiré aquí esta noche y buscaré otro alojamiento por la mañana.
El mostrador de la taberna de McGinty estaba abarrotado como de costumbre, pues era el lugar de merodeo favorito de todos los elementos más broncos del pueblo.
El hombre era popular; pues tenía un carácter áspero y jovial que servía de máscara, ocultando mucho de lo que había detrás.
Pero aparte de esta popularidad, el temor que inspiraba en todo el municipio, y de hecho a lo largo de las treinta millas del valle y más allá de las montañas a ambos lados de este, era suficiente en sí mismo para llenar su taberna; pues nadie podía permitirse el lujo de desdeñar su buena voluntad.
Aparte de aquellos poderes secretos que todo el mundo creía que ejercía de forma tan despiadada, era un alto funcionario público, concejal municipal y comisario de carreteras, elegido para el cargo gracias a los votos de los matones que a su vez esperaban recibir favores de su parte.
Las tasaciones y los impuestos eran enormes; las obras públicas sufrían un abandono notorio, las cuentas eran pasadas por alto por censores sobornados, y el ciudadano respetable era aterrorizado para que pagara extorsiones públicas y guardara silencio no fuera a sobrevenirle algo peor.
Así fue como, año tras año, los alfileres de diamante del jefe McGinty se volvieron más ostentosos, sus cadenas de oro más pesadas sobre un chaleco cada vez más vistoso, y su taberna se extendió más y más, hasta que amenazó con absorber un lado entero de la plaza del mercado.
McMurdo empujó la puerta abatible del saloon y se abrió paso entre la multitud de hombres que había dentro, a través de un ambiente