podía confiar en los hombres de Vermissa.
Había habido un pequeño contratiempo, pues un hombre y su esposa habían llegado en coche mientras aún estaban descargando sus revólveres sobre el cuerpo silencioso.
Se había sugerido que les dispararan a ambos; pero era gente inofensiva que no tenía relación con las minas, así que se les ordenó severamente que continuaran su camino y guardaran silencio, no fuera a ser que les ocurriera algo peor.
Y así, la figura salpicada de sangre había quedado como advertencia para todos los patronos tan desalmados, y los tres nobles vengadores se habían apresurado a internarse en las montañas, allí donde la naturaleza virgen baja hasta el mismo borde de los hornos y los escoriales.
Aquí estaban, sanos y salvos, con su labor bien hecha y los aplausos de sus compañeros resonando en sus oídos.
Había sido un gran día para los Scowrers. La sombra se había extendido aún más oscura sobre el valle.
Pero así como el general sabio elige el momento de la victoria para redoblar sus esfuerzos, de modo que sus enemigos no tengan tiempo de recuperarse tras el desastre, así el jefe McGinty, contemplando el escenario de sus operaciones con sus ojos meditabundos y maliciosos, había ideado un nuevo ataque contra quienes se le oponían.
Esa misma noche, mientras la compañía medio borracha se disolvía, le tocó el brazo a McMurdo y lo llevó aparte a aquel cuarto interior donde habían tenido su primera entrevista.
—Mira, muchacho —dijo—, al fin tengo un trabajo digno de ti. Lo harás por ti mismo.
—Orgulloso estoy de oírlo —respondió McMurdo.