CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
nydus/The Valley of FearPublic
Página 114 de 245
Table of Contents

VII. La solución

trataba. Era el peor enemigo que tenía entre todos ellos⁠—alguien que me ha estado persiguiendo como un lobo hambriento a un caribú durante todos estos años. Supe que se avecinaba un problema, así que volví a casa y me preparé para ello. Supuse que saldría adelante por mi cuenta, mi buena suerte era proverbial en los Estados Unidos allá por el 76. Jamás dudé de que seguiría conmigo.

“Estuve en guardia todo el día siguiente y no salí para nada al parque. Menos mal, o me habría ganado la partida con su escopeta de perdigones antes de que pudiera siquiera sacar el revólver. Una vez que levantaron el puente —mi espíritu se quedaba siempre más tranquilo cuando levantaban el puente por las tardes—, me olvidé por completo del asunto. Jamás se me habría ocurrido pensar que se había metido en la casa y me estaba esperando.

Pero cuando hice mi ronda en bata, como era mi costumbre, apenas hube entrado en el estudio cuando olfateé el peligro. Supongo que cuando un hombre ha pasado por peligros en su vida —y yo he pasado por más que la mayoría en mi época—, hay una especie de sexto sentido que agita la bandera roja. Vi la señal con toda claridad y, sin embargo, no sabría decirle por qué. Al instante siguiente divisé una bota bajo la cortina de la ventana y entonces vi el porqué con suficiente claridad.

“No llevaba más que una vela en la mano; pero había una buena luz que entraba de la lámpara del vestíbulo por la puerta abierta. Dejé la vela y salté hacia un martillo que había dejado en la chimenea. En el mismo momento se abalanzó sobre mí. Vi el destello de un cuchillo y le golpeé con fuerza con el martillo. Le di en alguna parte, pues el cuchillo tintineó al caer al suelo. Esquivó la mesa tan rápido como una anguila y, un momento después, había sacado su revólver de debajo del abrigo. Le oí amartillarlo, pero yo ya lo había agarrado antes de que pudiera disparar. Lo tenía por el cañón y forcejeamos por él a brazo partido durante un minuto o más. Era la muerte para el que perdiera el agarre.

114