Cuando la casa vicarial se incendió, también se distinguió por la intrepidez con la que volvió a entrar en el edificio para salvar enseres, después de que los bomberos locales lo hubieran dado por imposible. Así fue como John Douglas, de la Mansión, se había ganado en el espacio de cinco años una reputación considerable en Birlstone.
Su esposa también era popular entre quienes habían tenido la ocasión de conocerla; aunque, a la inglesa, las visitas a un forastero que se establecía en el condado sin cartas de presentación eran escasas y espaciadas.
Esto le importaba tanto menos a ella, ya que era de natural reservado y parecía entregada por completo a su marido y a sus obligaciones domésticas.
Se sabía que era una dama inglesa que había conocido al señor Douglas en Londres, por entonces viudo. Era una mujer hermosa, alta, morena y esbelta, unos veinte años más joven que su marido, una disparidad que en nada parecía mermar la dicha de su vida familiar.
Sin embargo, algunos de los que mejor los conocían observaban a veces que la confianza entre ambos no parecía ser completa, ya que la esposa era muy hermética sobre el pasado de su marido o bien, como parecía más probable, estaba mal informada al respecto.
Algunas personas observadoras también habían notado y comentado que a veces se apreciaban indicios de tensión nerviosa por parte de la señora Douglas, y que esta mostraba una aguda inquietud si su marido ausente se retrasaba especialmente en su regreso.
En una apacible zona rural, donde todo chisme es bienvenido, esta debilidad de la Dama de la Mansión no pasó desapercibida, y cobró mayor importancia en la memoria de la gente cuando surgieron los acontecimientos que le otorgaron un significado muy especial.