Era un hombre muy activo y afable, este detective de Sussex. En diez minutos todos nos habíamos instalado. En diez más estábamos sentados en el salón de la posada y se nos ofrecía un rápido croquis de aquellos acontecimientos que han sido esboizados en el capítulo anterior.
MacDonald tomaba alguna nota de vez en cuando, mientras Holmes permanecía absorto, con la expresión de admiración sorprendida y reverente con que el botánico contempla una flor rara y preciosa.
—¡Notable! —dijo cuando se hubo desarrollado la historia—, ¡más que notable! Apenas puedo recordar ningún caso en el que los rasgos hayan sido más peculiares.
—Creí que diría eso, señor Holmes —dijo White Mason con gran alborozo—. Estamos muy al día en Sussex. Ya le he contado cómo estaban las cosas hasta el momento en que me hice cargo del caso, relevando al sargento Wilson entre las tres y las cuatro de esta madrugada. ¡Vaya si hice correr a la vieja yegua! Pero, al fin y al cabo, no hacía falta tanta prisa, porque no había nada inmediato que pudiera hacer. El sargento Wilson tenía todos los datos. Los comprobé, los medité y tal vez añadí algunos de cosecha propia.
—¿Qué eran? —preguntó Holmes con avidez.
“Bueno, primero hice examinar el martillo. Estaba el doctor Wood allí para ayudarme. No encontramos en él ningún signo de violencia. Yo esperaba que, si el señor Douglas se defendió con el martillo, podría haber dejado su marca en el asesino antes de dejarlo caer sobre la estera. Pero no había ninguna mancha”.
—Eso, por supuesto, no demuestra absolutamente nada —observл el inspector MacDonald—. Ha habido infinidad de crímenes con martillo sin que quedara rastro en el arma.