Un policía ya andaba tras él, en efecto; pero el incidente, por fortuna, le hizo al aventurero mucho más bien que mal.
Pasadas las primeras presentaciones, pocas fueron las noches en que no encontró el camino hacia la taberna de McGinty, para entablar allí una relación más estrecha con «los muchachos», que era el jovial apelativo con el que se conocían entre sí los peligrosos miembros de la banda que infestaban el lugar.
Su estilo audaz y la intrepidez de su discurso lo convirtieron en el favorito de todos; al tiempo que la forma rápida y metódica con la que liquidó a su oponente en una pelea de bar de «todo vale» se ganó el respeto de aquella ruda comunidad. Otro incidente, sin embargo, lo elevó aún más en su estima.
Justo a la hora de mayor concurrencia una noche, la puerta se abrió y entró un hombre con el silencioso uniforme azul y la gorra de visera de la policía minera. Este era un cuerpo especial creado por los ferrocarriles y los propietarios de las minas para complementar los esfuerzos de la policía civil ordinaria, que se mostraba totalmente indefensa ante el bandidaje organizado que aterrorizaba a la región.
Hubo un silencio cuando entró y muchas miradas curiosas se dirigieron hacia él; pero las relaciones entre policías y delincuentes son peculiares en ciertas partes de los Estados Unidos, y el propio McGinty, de pie tras su mostrador, no mostró ninguna sorpresa cuando el policía se inscribió entre sus clientes.
—Un güisqui solo, porque la noche es dura —dijo el agente de policía—. No me parece que nos hayamos visto antes, ¿consejal?
—¿Serás el nuevo capitán? —dijo McGinty.
—Así es. Contamos con usted, concejal, y con los demás ciudadanos principales, para que nos ayuden a mantener la ley y el orden en este