Eran, en su mayor parte, hombres de edad madura; pero el resto de la compañía consistía en muchachos de dieciocho a veinticinco años, los agentes dispuestos y capaces que llevaban a cabo las órdenes de sus mayores.
Entre los hombres de más edad había muchos cuyos rasgos mostraban las almas tigrescas y sin ley que llevaban dentro; pero al mirar a la tropa era difícil creer que aquellos muchachos entusiastas y de rostros abiertos fueran en verdad una peligrosa banda de asesinos, cuyas mentes habían sufrido una perversión moral tan completa que sentían un orgullo horrible por su destreza en el oficio y miraban con el más profundo respeto al hombre que tenía la reputación de hacer lo que ellos llamaban «un trabajo limpio».
Para sus naturalezas retorcidas se había convertido en algo animado y caballeresco ofrecerse como voluntarios para servir contra algún hombre que nunca los había agraviado y a quien, en muchos casos, jamás habían visto en su vida.
Cometido el crimen, discutían sobre quién había asestado realmente el golpe mortal, y se divertían mutuamente y a la concurrencia describiendo los gritos y contorsiones del hombre asesinado.
Al principio habían mostrado cierto secreto en sus preparativos; pero en el momento que este relato describe, sus actuaciones eran extraordinariamente abiertas, pues los repetidos fracasos de la ley les habían demostrado que, por un lado, nadie se atrevería a declarar en su contra y, por el otro, contaban con un número ilimitado de testigos incondicionales a los que podían recurrir, y con una arca de tesoro bien llena de la cual podían extraer los fondos para contratar al mejor talento legal del estado. En diez largos años de atropellos no había habido una