McGinty—. ¿Acaso es por medio de la policía? ¡Vaya, si la mitad está en nuestra nómina y la otra mitad nos teme! ¿O es a través de los tribunales y el juez? ¿No lo hemos intentado ya antes, y qué ha salido de todo ello?
—Hay un juez Lynch que podría juzgar el caso —dijo el hermano Morris.
Un grito general de indignación recibió la sugerencia.
“No tengo más que levantar un dedo —gritó McGinty—, y podría meter en este pueblo a dos hombres que lo barrerían de cabo a rabo”.
Luego, alzando repentinamente la voz y frunciendo sus enormes cejas negras en un gesto terrible: “¡Mire esto, Hermano Morris, le tengo el ojo puesto y desde hace algún tiempo! Usted no tiene corazón, y trata de quitárselo a los demás. ¡Mal día será para su persona, Hermano Morris, cuando su propio nombre figure en nuestra agenda, y creo que es justamente ahí donde debo colocarlo!”.