disparo los hizo bajar, hasta las once y cuarto, cuando tocaron el timbre y llamaron a los sirvientes. ¿Qué hacían y por qué no dieron la alarma al instante? Esa es la cuestión que se nos plantea, y una vez que haya sido respondida, sin duda habremos avanzado un buen trecho para resolver nuestro problema”.
—Yo mismo estoy convencido —dije— de que hay un contubernio entre esos dos individuos. Debe de ser una criatura sin entrañas para sentarse a reírse de alguna bufonería a pocas horas del asesinato de su esposo.
—Exacto. Ella no sale bien parada como esposa ni siquiera según su propia versión de los hechos.
No soy un admirador incondicional del género femenino, como bien sabes, Watson, pero mi experiencia de la vida me ha enseñado que hay pocas esposas, que tengan un mínimo aprecio por sus maridos, dispuestas a permitir que la palabra de un hombre cualquiera se interponga entre ellas y el cadáver de ese marido.
Si alguna vez llegara a casarme, Watson, esperaría inspirar en mi esposa algún sentimiento que le impidiera dejarse apartar por un ama de llaves cuando mi cadáver yacía a pocos metros de ella. Fue una puesta en escena nefasta; pues hasta al más novato de los investigadores le llamaría la atención la ausencia del habitual ululato femenino. Si no hubiera habido nada más, este solo incidente me habría sugerido una conspiración urdida de antemano.
—¿Piensa entonces, definitivamente, que Barker y la señora Douglas son culpables del asesinato?
—Hay una franqueza espantosa en tus preguntas, Watson —dijo Holmes, apuntándome con la pipa—. Me llegan como balas. Si planteas