—¿Cuánto va a durar esto? —preguntó por fin el inspector—. ¿Y qué es lo que estamos esperando ver?
—No tengo más idea que usted de cuánto tiempo va a durar —respondió Holmes con cierta aspereza—. Si los criminales programaran siempre sus movimientos como los trenes de ferrocarril, sin duda sería más cómodo para todos nosotros. En cuanto a lo que es, nosotros... ¡Bueno, eso es lo que estamos esperando ver!
Mientras hablaba, la brillante luz amarilla del estudio quedó oscurecida por alguien que pasaba de un lado a otro frente a ella. Los laureles entre los que yacíamos estaban justo enfrente de la ventana y a no más de cien pies de distancia.
Al poco tiempo, esta se abrió con un chirrido de bisagras, y pudimos distinguir vagamente la oscura silueta de la cabeza y los hombros de un hombre que asomaba a la penumbra. Durante unos minutos oteó hacia fuera de manera furtiva y disimulada, como alguien que desea cerciorarse de que no le observan.
Luego se inclinó hacia delante y, en medio del intenso silencio, percibimos el suave chapoteo de un agua agitada. Parecía estar removiendo el foso con algo que sostenía en la mano. Entonces, de repente, arrastró algo hacia dentro como un pescador saca un pez a tierra: un objeto grande y redondo que oscureció la luz al ser arrastrado a través de la ventana abierta.
—¡Ahora! —gritó Holmes—. ¡Ahora!
Estábamos todos en pie, tambaleándonos tras él con nuestros miembros entumecidos, mientras corría velozmente a través del puente y tocaba el timbre con violencia. Hubo un chirrido de cerrojos desde el otro lado, y el atónito Ames apareció en la entrada. Holmes lo hizo a un lado sin decir palabra y, seguido por todos nosotros, se precipitó en la